Sin duda alguna la alimentación constituye uno de los espacios más nítidos y contundentes de hibridez e interculturalidad en el mundo de hoy. Lo ha sido así desde siempre, desde sus inicios que se pierden en los albores de la humanidad, cuando la domesticación del fuego, favoreció la realización de importantes funciones domésticas (iluminación y calentamiento de viviendas, protección contra fieras e insectos, elaboración y mantenimiento de artefactos, creación de espacios para la socialidad) y fundamentalmente, hizo posible la cocción, conservación y almacenamiento de los alimentos. De allí que al decir de Cordón “cocinar hizo al hombre” (1980), a lo cual podríamos agregar sin mayores dudas, al considerar los cambios masticatorios en la cavidad bucal y en la dentadura que propiciaron el aumento del espacio de la cavidad craneal y del cerebro, que cocinar también nos ha hecho más inteligentes.

Autor: Ocarina Castillo D’Imperio

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La gastronomía, al igual que la historia y la antropología no conoce de fronteras. Por lo menos de esas que se definen como obstáculos, divisiones, separaciones. Entendemos la frontera como “….un espacio pluridimensional, envuelto en especificidades con relación al resto del país de pertenencia” (Zamora, 2001), regiones culturales, espacios de intercambio, construcción conjunta y mestizaje, en el que los códigos alimentarios exhiben una relevancia particular.

AUTOR:
Ocarina Castillo D’Imperio

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